La redacción científica

El verdadero motor del progreso en la ciencia y de la academia ha sido no tanto el ejercicio de la investigación en sí misma, sino la divulgación de sus resultados: el texto documentado a través de las publicaciones de academias científicas, que se encargan de garantizar la veracidad de las investigaciones publicadas. Desde 1665, año de fundación de la primera revista científica, la Philosophical Transactions de la Royal Society de Londres, se han multiplicado los órganos de prensa destinados a hacer circular los esfuerzos individuales en todas las áreas del pensamiento. Su acervo y acumulación genera el archivo de la ciencia, un cúmulo organizado de literatura científica respaldada en reglas de legitimación claramente explicitadas.

La tarea de la investigación, en cualquier nivel y jerarquía del conocimiento, debe cristalizar en un discurso documentado, un texto publicable que haga trascender y circular sus conclusiones. Tanto el estudiante que inicia una exploración durante su formación universitaria, el tesista que encara su trabajo final de grado y el investigador que avanza en su proyecto doctoral o doctrinal, deben tener en cuenta que el proceso de investigación no será provechoso si no se cuenta con una adecuada descripción escrita de sus métodos y resultados principales.

El trabajo escrito es siempre el resultado visible de una tarea de investigación previa. Este ejercicio de indagación puede identificarse con un largo proceso de exploración (desarrollo de un estado del arte a partir del análisis de la literatura teórica disponible, realización de un trabajo de campo por medio de encuestas cerradas o de entrevistas en profundidad, elaboración de un experimento en laboratorio, etc.), pero también, más simplemente, puede resultar de la reflexión individual acerca de un aspecto de la realidad, llevada a cabo como actividad introspectiva. De uno u otro modo, el trabajo escrito que resulta de dicho proceso ofrece una información documentada acerca de una tarea de investigación realizada con antelación y puede entenderse, en consecuencia, como un informe de investigación.

Redacción e investigación conforman los dos polos opuestos de una misma unidad procedimental. Sus fundamentos se encuentran asociados de modo tan estrecho que son en esencia indivisibles, tal como lo son el lenguaje y el pensamiento. Las etapas de una investigación se depositan en los diversos componentes de una estructura textual; los elementos que componen el texto reenvían a las fases de una investigación concomitante. Esta correspondencia en dos niveles ha de tenerse presente a todo momento, en tanto que la calidad final de un trabajo depende, en gran medida, de la conciencia que se tiene de su íntima relación.

Cuando la investigación se pasa a papel, los componentes y etapas de una tarea fáctica quedan formulados por medio de segmentos textuales. A través de esta conversión, aquello que era en origen una serie de pasos asociados lógicamente asume la forma de un texto conformado por bloques dispuestos en serie, encadenados y contiguos. Se trata de un proceso de secuencialización, que implica transformar la organización lógica de un trabajo de investigación en la organización expositiva de un texto escrito.